"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

lunes, 25 de mayo de 2009

Creer

Antes de nacer no creía en Dios
no por nada, simplemente porque no me hallaba
yo solo callaba en la ausencia
reinaba el silencio en mis palabras
porque en el caso de que existiera ese señor
se podrían estirar sus lamentos de tal forma
que no daría permiso para que un servidor
se aventurara en este loco quehacer
que es disfrutar de cada bello amanecer.

De pequeño sí creía en Dios
más bien en Jesús
que era realmente el protagonista
de todas esas películas
colonizadoras de corazones vírgenes
pero todavía mi cabeza
no podía publicar sus ideas
y no existía forma alguna de plantearme
qué demonios había de cierto en aquella historia
y qué se balanceaba en torno a la ficción.

Siendo adolescente y estando mi cabeza
secuestrada por el acoso de las hormonas
pensando y pensando poco más que en sexo
desaté mi rabia preso de la frustración
al descubrir que milagros era simplemente
el nombre denominador de una mujer
y enloquecí respecto a la idea
de que un Dios nos manejaba a su antojo
y entrando en una peligrosa fase existencial
en una espiral de quejidos contra lo establecido
me dibujé una cruz invertida en la espalda,
por cierto muy torcida y no la voy a describir más
porque uno se ve desbordado por la vergüenza,
para que todo el mundo en el instituto
pudiera apreciar, despreciar, contrariar y atacar
que le había desafiado a un duelo a muerte
no solo a Dios
sino a todas y cada una
de sus asquerosas iglesias.

En el loco transcurrir de la década de mis veinte
se fue asando el guiso de la confirmación
Dios no existe, la iglesia es degrinante,
la duda agónica es una absurda trampa de la muerte
y pensar en Dios es como jugar una partida eterna
al ajedrez sin tener ni la más mínima idea de sus reglas
pero tenía mejores cosas que hacer y que descubrir
que dedicarle un solo minuto a las miserias eclesiásticas
el amor, el sexo, el futbol, las cervezas, la música,
la fiesta, el sexo otra vez, cuantas veces, todas
las que se puedan, el amor bien estirado sin
arrugas en su mirada para formar
una relación de ensueño, y más sexo,
qué resquicio de estupidez me iba a hacer pensar
que debía concederle una mínima atención
a Dios y a sus iglesias
si más bien lo que se merecían era
un hasta nunca y una querella.

Ahora, en la feliz década de mis treinta
esperando alcanzar los cuarenta
para reírme y despotricar contra los que
calumnian que duerme una depresión
en las cercanías de dicha edad,
ahora, que he alcanzado cierto grado de madurez
aunque no la necesaria para sentirme autorrealizado
ahora, que me he reencontrado con el gusto por escribir
y narrar mis pensamientos como antaño hacía,
ahora, me importa una mierda
Dios, la iglesia y toda su historia
así que no creo que vuelva a escribir sobre la religión.

Lo malo, o lo bueno, es que cada vez
que he insinuado algo parecido

creo recordar que no lo he cumplido.

Paco

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