"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

lunes, 1 de junio de 2009

Cuando un amor se marcha

Allí estaba sentada ella. Desolada. Acompañada por una primera lágrima. Descansaba sus rodillas sobre el áspero peso de su dolor. Cuánta amargura. Cuanta desesperanza. Había comenzado a llover. El banco había pasado de estar frío a completamente congelado. Los últimos niños habían corrido a ocultarse dentro de la play station. Era normal en esos tiempos. El viento mareaba el carisma de las hojas de aquel centenario árbol. Ella, seguía esperando. Ella, con el amor moribundo, se entretenía con el último de sus recuerdos bonitos. Dos pájaros volando con tan solo dos alas. También dos lazos amordazados. Dos voces sin orden. Dos corazones con interferencias. Esa había sido su relación. De repente, la última nube descargó toda su rabia. El maquillaje se alimentó de agua. Un rostro estéril. Unos ojos apagados. Un extraño frío recorre cada centímetro de su piel. Un miedo enloquecedor. Él no vendrá. No aparecerá. Aquí ha muerto el amor. Los árboles desentonan, ya no cantan. Las mariposas perdieron sus alas. Cuánto ardor en su garganta. En su cabeza el desorden. No podré vivir más. Esto es la muerte. Ni comeré. Ni dormiré. Ni respiraré. Atraparé mis ojos en un nudo de alambres para no poder ver mi dolor. La última nube la había traicionado. Tras de si traía oculta una marabunta de nubecillas engreídas que se peleaban entre si para ver quien inundaba aquel corazón y lo ahogaba en sus propias penas. Ella, aguantaba en el banco, empapada, aturdida, pero no le importaba. Él no había acudido a la cita. Quien sabe con quien estaría. Con otra. Sólo. Con otra no era bueno, se habría enamorado de otra mujer. Sólo era aún peor, significaría que ya no la quería. Así que Ella notaba la agria sensación de que allí mismo, en medio de tanta amargura, se había escapado delante de sus ojos la última oportunidad de volver a verlo. Regresaron más atroces que nunca esos pensamientos que la debilitaban hasta la humedad del decaimiento. Vivir sin él no era vida. Dormir sin él era verse invadida su cama por el insomnio. Llorar sin él era la muerte. Morir.

Pasaron las nubes y la lluvia cesó. Un arco iris con vestiduras alegres y traje nuevo se estiró a lo largo del horizonte. Ella se atrevió a mirarlo, incluso a sonreír, por qué no, quizás fuese su última sonrisa. Lo volvió a observar una vez más, aunque su corazón se había detenido, y de nuevo otra sonrisa le recordó que seguía viva. Fue una segunda sonrisa leve, pero una sonrisa al fin y al cabo, fue un puente para atravesar un rio de lava ácida. Y cuando menos se lo esperaba, una tercera sonrisa pirateó su rostro. La poesía se acomodó en sus labios. Entonces encajó la verdad. Se puso en pie, dio firmes instrucciones a su cuerpo para que comenzara a alejarse de aquel viejo y egoísta banco de aspecto clásico, y dejó allí sentadas todas sus penas juntas, todos sus amores llenos de moho. Y lo que fue un paso hacia delante se convirtió en dos pasos hacia el horizonte, lo que fue un caminar valiente y desencadenante se transformó en una carrera continua hacia la libertad, y trotó, y galopó, y gritó en su interior, y corrió hacia el arco iris, y la última lágrima se ahogó en un charco de barro de aquella tormenta pasajera, y una nueva lágrima intentó recordarle su estancia en el banco, pero se secó, y ya no vino ninguna lágrima más, y saneó su corazón, y lanzó la llave que la ataba a una papelera arrugada con la que se cruzó, y no le habló, ahora se guardaba las palabras para ella misma, las palabras más hermosas para que su corazón cicatrizara pronto, y sin apenas ser consciente, había olvidado a aquel chico que ya no la quería, pero qué estúpida he sido, se dijo a si misma, volveré a enamorarme de otro chico; y sin darse cuenta, pero siendo totalmente consciente porque le hervía la sangre de felicidad, advirtió que el mismo amor que mata, puede regar una nueva montaña llamada ilusión.

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