"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

viernes, 3 de julio de 2009

El joven, la mujer y el otro

El joven llegó y tomó asiento. Todavía le restaban diez números hasta que le tocara su turno. Era un simple resfriado. Sí. Pero hacía más de dos semanas que arrastraba aquella tos con tintes carajilleros y lo peor no era aquella voz de león herido, sino la plaga de mucosidad invencible que a todas horas le hacía llevar pañuelitos de esos blancos que no dejan de aparecer por todos los rincones.

La mujer llegó despacio. Tomó asiento. Prácticamente tuvo que ocupar el suyo y la mitad del asiento del joven, pero este, haciendo gala de una educación más bien tímida, miró hacia el suelo como quien quiere gritar que se ha sentido molesto pero su mirada no avanza por la furia de una fuerza invisible. La mujer sintió la incomodidad del joven, pero más bien le importó una mierda. Calló y sacó su número del bolsillo. Tras preguntar por qué turno marchaba la cola descargó un viscoso rostro de asco en el aire y silenció.

El otro se sentó justo enfrente. Los miró como quien mira a dos personas. Sonrió. Parecía alegre, aunque una tos repentina lo devolvió a la realidad. De nuevo otra tos continuó. Luego otra. Luego nada.

El otro tenía el color de la piel diferente al joven y a la mujer. La piel era muy negra. Él lo sabía. Y lo aceptaba Quien no lo aceptaba era la mayoría de gente con la que se cruzaba cada mañana cuando salía a buscar trabajo. Había llegado a aquel país embarcado en una de esas barquitas de madera que salen muy rentables económicamente a sus dueños. Recuerda de la barquita que no llevaban comida, ni agua, ni lágrimas limpias, tan solo miles de sueños que tuvieron que alquilar al precio que impuso la aventura, y que él recordase a horas de aquella mañana, los sueños, todavía no habían aparecido. Quizás fuesen como Dios, se dijo a si mismo. Que no aparece pero mucha gente cree que existe. Y lo espera.

El joven pensaba en llegar a casa. Colocarse los auriculares nuevos. Enchufar el disco que se compró la tarde anterior.

La mujer se impacientaba cada vez más. Había quedado con su marido media hora más tarde. Esperó incómoda. Muy incómoda. No le gustaba aquella persona que tenía justo enfrente de sus perfectos rizos repeinados con aquella colonia tan cara que anuncian en la televisión.

El otro esperaba su turno. Había sido el último en llegar a la sala de espera pero en cambio se levantó antes que el joven y que aquella mujer. El médico dijo su nombre. Tosió de nuevo fuertemente y al alzarse para poner rumbo a la sala del doctor casi roza el bolso de la mujer.

- Tenga cuidado jovencito, no me gustaría que me pudiera contagiar.

El otro la miró con cara seria, un poco cercana a la sorpresa, un poco cercana al desprecio, y sin decir ninguna palabra, más bien porque tuvo que tragárselas haciéndose una leve herida en la lengua, entró en la sala médica.

- ¿No le parece que ha sido un poco antipática?- preguntó el joven a la mujer rompiendo las cadenas de su timidez.
- No, jovencito. Quien sabe lo que pudiera haberme contagiado ese negro.
- No tiene por qué contagiarle nada. Está resfriado, y como otra persona cualquiera no tiene por qué tener usted más miedo que el que su corazón le dicte.
- Pues eso mismo, jovencito.- confirmó la mujer adornando su rostro con ciertos aires de desprecio.
-¿Qué quiere decir usted?
- Pues que mi corazón desde que nació no hizo migas con esos negros, con los inmigrantes. Vienen aquí a quitarnos el trabajo, nos roban, nos pueden contagiar una de esas enfermedades raras y mortales que solo tienen en sus países, porque no se si sabes que por culpa de ellos enfermamos cada vez más, y además, además… - y ahí dudó la mujer si continuar con su discurso, o con su manifiesto, no se cómo llsmsrlo realmente, pero lo cierto es que dudó, creo que por buscar una palabra que no fuera demasiado violenta-… lo peor, jovencito, es que además entran al médico antes que nosotros. Nos están quitando todo. Todo.

El joven quedó impactado. Sabía y era firmemente consciente de cuantas personas existían que rechazaban a los inmigrantes, pero aquella mujer convivía más bien con el odio cuando el tema a tratar era el de los inmigrantes. Quiso hacer reflexionar a la mujer. Se lo pensó. Finalmente continuó la conversación:

-Señora, esa persona vino aquí porque no tenía comida, porque seguramente su familia estará ahora padeciendo todos los horrores que usted no se pueda imaginar. Quizás fue una guerra quien lo mandó lejos de su país. Esa persona no tiene buena ropa, ni medios para subsistir, y si los llega a adquirir seguramente sea porque ha trabajado, igual que nosotros, se merece un respeto como persona que es y se merece sobre todo un médico, y si su turno es anterior al suyo tiene que entrar antes que usted.

La mujer cerró los ojos. Se pensó seriamente lo que iba a decir. Realmente no le apetecía hablar de aquellos temas, solía reencontrarse con viejos síntomas de ansiedad cada vez que hablaba sobre los extranjeros, y sí, lo había pasado realmente mal. Así que decidió decir la frase más simple y más contundente y zanjar así el tema que más la enojaba.

- Mira, jovencito. Solo te voy a decir una cosa. Esas personas, no se merecen ni trabajo, ni mejores ropas, ni médicos y si me apuras, ni peluquero. Que se marche a su país.

El joven se sintió cargado de energía negativa. Aquel tipo de personas era exactamente lo que más detestaba de la sociedad. Se contuvo al empuje de un primer arrebato de cólera. Apretó ambos puños para aguantar, con la ayuda de la fuerza de sus labios, la envestida de aquellas palabras que ni siquiera se había parado a pensar lo crueles que le pudieran resultar a la mujer. Y cuando se puso en pie…

Se abrió la puerta. El otro salió de la consulta y diciendo unos “buenos días” con un clarísimo acento extranjero y disperso se marchó. Salió y ya no lo volvieron a ver más.

El joven entró y salió de la consulta con suma rapidez. Paracetamol y uno de esos sobres cada tres horas que suelen tener un sabor podrido. A saber qué mierda le echan a los malditos sobrecitos.

La mujer se había marchado. El joven caminó por la acera a pasos pensativos. No se quitaba de la cabeza la corta pero intensa conversación con aquella mujer. En su cabeza le golpeaba un martillo de hierro cada vez que recordaba aquella última frase, que no se merecían ni trabajo, ni ropas, ni médicos, ni peluqueros. ¿Quizás pensaría de verdad que no eran personas?

Al llegar a la esquina observó al final de esa nueva calle a la mujer tan desagradable con la que había hablado. Estaba conversando con un señor alto, bien vestido, de fortaleza física y bien conservado para la edad que seguramente tendría. Que era bien avanzada, os lo puedo asegurar.

La mujer y el hombre se separaron. Antes se dieron un beso tímido, de esos que el paso del tiempo ha secuestrado su encanto. Él le entregó un perro a la mujer. Le dio un beso. Dos. El perro le correspondió pasándole dulcemente la lengua sobre su maquillaje. Entonces la mujer sonrió y se separó un pasito del perro. Le volvió a dar otro beso y comenzaron a caminar.

El joven, absorbido por la personalidad intolerante de aquella mujer, se vio persuadido por la curiosidad y decidió seguir a la mujer. Se ocultaba con suma facilidad. Detrás de las esquinas. En los coches. Tras un hombre corpulento. La verdad es que no le hacía falta. La mujer iba tan distraída con su perro atado a su mano que no tenía ojos para nada más.

De repente la mujer paró. Entró en una peluquería canina. Y tardó en salir.

El joven mientras esperó impaciente. Parece que la mujer estaba arreglando bien al perro. Se acercó con disimulo hasta el brillantísimo escaparate de la peluquería y pronto advirtió la oferta de la semana. Estaba bien marcada en letras rojas y bien grandes. “Oferta del mes: Baño y corte de pelo: 300 euros”

Los ojos del joven crujieron porque su corazón rompió a llorar. Una sensación de rabia, impotencia, desesperanza y amarga tristeza se posó sobre cada estante de su ser. No podía comprender cómo aquella persona que le negaba tanto a una persona podía estar más interesada en un animal.

La mujer salió. Su perrito saltaba limpio y fresco y la mujer le sonreía a la vez que le decía palabras de amor. Y el joven no aguantó más. Se colocó a su lado y le dijo:

- Señora. ¿Cree usted que su perro se merece más que aquella persona a la que menospreció en el médico?
- Joven, otra vez tu. No quiero volver a hablar de ese tema. Déjame en paz.
- Debería usted valorar más a las personas en lugar de hablar de ellas como una mierda.

La mujer estuvo a punto de nuevo de estallar. No quiso gritar en la calle, ella siempre quiso demostrar que era una señora, una mujer de esas que hacen que la sociedad sea más limpia, así que se paró durante unos segundos a pensar en su contestación, hasta que el mal pálpito de su corazón le otorgó de sangre sucia suficiente para poder decir:

- Jovencito, aunque te parezca increíble un perro se merece tener más derechos que esas… - y dudó de buen agrado qué palabra emplear, y con aires de malicia entonada dijo- ¿Personas?.- y salió andando dejando sonreír a la calavera que llevaba dentro.

El joven se dio media vuelta. Comenzó a caminar. Y lo primero que pensó fue en llegar a su habitación. Colocarse el pijama. Apagar la luz. Y que esa noche, aunque solo fuera por una vez, tuviera un sueño hermoso: simplemente quería soñar que vivía en una sociedad más humana.
Paco

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