"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

jueves, 2 de julio de 2009

El soldado y el Coronel

El soldado se quedó pensativo. Aquel charco de sangre cuajada había paralizado sus ojos. Su corazón, en cambio, todavía caminaba, por eso sentía el dolor más profundo que jamás había sentido. Recordó el primer día que entró en el cuartel. Él vino, o eso creía, a defender su país. No recordaba de qué o de quién tenía que defenderlo, pero había entrado con la suficiente fortaleza como para empuñar un fusil y apretar aquel gatillo que lanzaba balas de fuego.

Llegó el Coronel. Buen trabajo, soldado. Le dijo. Él, en cambio, continuaba paralizado. No podía hablar, pero sí sentir. Aquella cabeza abierta de par en par no era lo que él esperaba. Aquellos no eran sus sueños. Era la primera vez que arrebataba la vida a un ser humano, y eso le hizo reflexionar.

Coronel. Dijo con voz temblorosa. No voy a poder seguir aquí.
Tonterías, soldado. Agárrate con tus cojones al fusil y ponte en pie.
No, coronel. No puedo.
Marica de mierda. Sonó la tormentosa voz del coronel.

El soldado quiso no escuchar los alaridos del cazador de humano, pero fue inevitable, más que nada porque aquel sonido salido de las entrañas de la muerte continuaba articulando palabras, aunque el soldado tuvo un momento para la reflexión.

Ahora mismo te vas a levantar, empuñarás el fusil y apretarás contra todo Dios que se mueve ahí delante.

El soldado no supo qué decir, porque el volcán de miedo que atravesaba desde su garganta hasta sus labios lo había dejado paralizado, pero tenía las ideas bien claras. No volvería a matar.

Ante el silencio del soldado el Coronel continuó hablando. Su rostro estaba desencajado. Reflejaba odio. Solo odio, nada más.

No, mi coronel, ahora mismo me pondré en pie y caminaré hacia mi casa.

No diga estupideces, soldado, su casa está a más de dos mil kilómetros.

Mi casa, Coronel, está fuera de este infierno. Si usted desea seguir matando, hágalo. Yo me marcho donde las personas no se maten.

El Coronel, en un arrebato de furia incontrolable colocó su fusil entre los dos ojos del soldado y al mismo tiempo que la saliva se le descolgaba alimentada de rabia feroz, dijo. Soldado, o te levantas ahora mismo y disparas al enemigo, o te abro la cabeza de cuajo. En nombre de tu patria, de tu país, de tu bandera. Corre y dispara.

Lo siento, Coronel, pero mi enemigo lo tengo ahora mismo empuñando un fusil sobre mi rostro y sacando brillo a mis ojos. Dudo que aquellos que usted dice sean mis enemigos tengan más ganas de matarme que usted. Dispare si lo cree necesario.

Y el Coronel Disparó.
Paco

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