"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

miércoles, 1 de julio de 2009

Recuerdos de una discografía

Corrían los años de mi adolescencia más perseverante. Creo recordar que estaba camino de los diecisiete años. Recuerdo que coleccionaba horas tumbado en el sofá con aquellos viejos auriculares que me aislaban de todo el ruido de mi alrededor. ¿Dónde estarán? Recuerdo haberlos escondido porque comenzaban a hacerse añicos y habían pasado tantos grupos por sus filamentos que la pena y la nostalgia firmaron una tregua para que mis manos no lanzaran a la basura aquellos viejos auriculares. Sí, eran viejos de verdad.

Un día a la semana comenzaba mi programa de música favorito. Qué alejado me sentía de todo lo que me rodeaba. Se llamaba “amantes del ruido”, lo recuerdo porque aquel nombre y aquellos grupos escaparon a sus prisiones y huyeron hasta las paredes de mi corazón para entablar una amistad que incluso ahora, desde la lejanía de las fronteras del olvido, todavía se mantiene. En aquel programa, siempre en la sintonía de Radio Klara, Radio libre y libertaria, se escuchaba lo que no podías escuchar en otros lugares. Con todos mis respetos porque la música siempre se merece el mayor de los respetos, pero un servidor, y sobre todo atrapado por la furia de la adolescencia, saltaba de rabia cada vez que escuchaba, y no voy a nombrar ningún grupo para que ningún corazón se sienta ofendido, repito, cada vez que escuchaba la música que las empresas querían que sonara. La música comercial atolondraba mis sentidos como gaviotas emigrando al polo norte. Pero allí, en “amantes del ruido”, encontré los grupos que coincidían con mis valores, fuertes guitarras y sonidos emergentes que provenían de un trabajo escondido. Allí, en “amantes del ruido” fue la primera vez que los escuché.

Entre tanta música cantada en Español, no puedo imaginar qué ocurrió aquel jueves de un verano perdido en la distancia, pero sonó por primera vez en mis oídos una canción que iba a crear escuela en mi cerebro. La canción era “long division” y empalmaba prácticamente con “Runaway return” y hasta pasado un buen tiempo no me percataría que se trataba de dos canciones distintas, pero el puente invisible que se había construido entre canción y canción era tan armoniosamente perfecto que siempre pensé que se trataba de un tema que comenzaba desde la lentitud y se aventuraba a las gruitarras viscerosas que continuaban en “runaway Return”. “Long Divison” recuerdo que se quedó ahí adentro suturando las heridas de mi bomba para siempre. Ese sonido hermoso marcado por una batería que quizás no sonó tan limpia en ningún disco más, ese bajo entrañable marcando un ritmo que sólo los sabios en la música saben hacer perdurar, esa voz que parece que se va a arrancar desde las entrañas del punk pero que aguanta hasta el final melodiosamente, esa guitarra siguiendo con timidez, pero al mismo tiempo con preocupante alerta el ritmo del bajo y logrando así el compas adecuado para que encendiera todas las alarmas de mi pasión por la música. ¿De quien se trataba? ¿Quiénes eran? ¿Cómo podía conseguir aquel grupo?

Las casualidades son una esencia que en pocas ocasiones han tenido la vergüenza de venir hasta mi, pero por alguna vez en mi vida tenía que ser. Casualidades, coincidencia, llámenlo como quieran, pero no se cómo puedo describir aquel momento en el que me paseaba feliz con un desparpajo bajo la sombra de la cordura, o quizás acercándome a la locura, allí en la tienda de música donde más he disfrutado. Se llamaba “Harmony”, y se sigue llamando “Harmony”, y no consigo imaginar la ciudad sin la tienda “Harmony”, con aquel tipo que vende discos desde que soy muy pequeño, con su bigote exactamente igual aún al pesar del pasar de los tiempos, y que a pesar de todo este transcurrir parece que esa tienda se ha escondido al envejecimiento del tiempo y todo aparece permanentemente igual. A excepción de que cuando yo nadaba en mis dieciséis años entre mis manos se manejaba vinilos y más vinilos, y ahora en cambio, sólo puedes atrapar pequeños discos digitales que vencieron al raciocinio en nombre de la avaricia de las empresas de la música.

Como contaba, era verano, no recuerdo el mes, pero sí recuerdo el calor de la época, las bermudas de aquellos tiempos, las horas a la sombra descubriendo grupos y el Instituto tan lejos como el sol en la noche. Recuerdo también que caminaba por “Harmony” buscando grupos Españoles pero en un rincón tímido de mis recuerdos se había quedado grabado el nombre de aquel grupo que seguramente no conocería nadie. Sin embargo, y esta es una de las coincidencias más sensuales de mi vida, entre disco y disco, tropezó torpemente entre mis dedos aquel de carátula inverosímil y de nombre desconocido. Aquel disco que iba a ser el comienzo de una larga y hermosa amistad. Aquel disco que siempre lo consideraré como el alumbrar de un encorvado apagón. Tenía en mis manos el “Steady diet of nothing” y me llevaba a mi casa un tesoro que no sabía hasta qué extremos podía llegar a serlo.

Fue el verano de la olimpiadas, del descubrimiento de maniática, “el lado oscuro” irrumpió con sus melodías únicas y con sus temas de guerra, con sus guitarras grabadas en unas paredes de los baños y con un sentido que pocas grabaciones pueden llegar a alcanzarlo. Fue el verano de la Expo, de las mentiras, de las deudas, de la España que quisieron enseñar al mundo, de los tristes mendigos siendo escondidos, de la clase baja siendo avergonzada, de la limpieza humana de calles, de la mentira telediaria, del engaño nacional, de la exaltación de la patria, del triunfo del absurdo, del agobio de la estupidez.

Y entre pase de bandera y pase de bandera, con ese hijo de monarca encabezando la expedición de un país que aplaudía la hipocresía, un país que aplaudía la imagen de televisor y alejaba los ojos de los que no tienen nada y además son arrestados por vivir bajo un cielo cabizbajo, en esos sábados largos en los que no había nada que hacer hasta que las estrellas aplastaban el sol y se daba comienzo a la degustación de las barras alcoholicas, y entre hora y hora sucumbida por la pesadez del aburrimiento, fui pinchando una y otra vez el “Steady diet of nothing”. He de reconocer que no se trata de un disco convencional, que las primeras escuchas te pueden sonar un poco extrañas, pero que un disco que te cautiva desde el principio, un disco que escuchas y sabes que es diferente, un disco con sus correlatos de rabia, de melodía, de guitarras viscerales y sobre todo un disco tan atípico, debía quedar en el número uno de la historia de mis recuerdos.

Ese mismo verano, el verano que más veces dejé el ciclomotor aparcado sin llegar a recordar donde y cuando lo había hecho, ese verano que recuerdo como el punto de inflexión en mi vida, seguí las pistas de aquel disco y aquel grupo que hacían algo diferente de verdad. Entre diálogos de aquellos que pasean por la noche separados de la gente de dinero, comenzó a sonar el nombre de aquel grupo y otro disco que decían ya era un clásico. El disco en concreto se llamaba “Repeater” y me lancé de cabeza hacia la piscina ilusión para encontrar el disco. No tardó en caer en mis manos. No tardé en descubrir que aquel disco iba ser mi amigo inseparable en aquel verano tan carismático.

Llegaba septiembre, los árboles comenzaban a caer en la depresión pues sus hojas pronto se tornarían secas y descenderían hasta sus propios pies. Yo intentaba animarlos, les conté mi historia, esa en la que la soledad más triste puede llegar a convertirse en las horas más apasionantes, y les recordé a todos y cada uno de los árboles, que aunque en aquel momento de septiembre no se acordaran, pronto resurgiría la alegría en sus rostros con la llegada de la primavera, y me vieron feliz, y decidieron prepararse para el duro invierno, tal y como yo lo hacía en aquel preciso instante con el “Repeater” entre mis manos.

Recuerdo muchos momentos acompañado de la soledad, recuerdo cómo siempre pinchaba aquel disco y todo se olvidaba, yo adquiría mi primavera particular posada sobre mis ojos y sonreía porque la música, el “Repeater” equilibraba mi estado emocional y me sumergía en un mundo de imaginación y de éxtasis que jamás había sentido con cualquier otro grupo. Danzaron por mis oídos los “Turnover” y demás temas, pero aquel tema que daba nombre al propio disco pienso que siempre será el número uno en la historia del punk. Repeater, qué guitarras, no voy a describirla porque no se puede describir, porque hay que escucharla con la intención de sentir la música. “Repeater” había dado continuación al “Steady diet of nothing”, habían inventado un verano nuevo en mis sentidos, y a partir de ahí comenzaba la loca aventura de descubrir más y más música.

Tuvo que pasar la Navidad, pasó como siempre lo hacía hasta que conocí a la que ahora es mi esposa, es decir, sin saludar. Pasó la Navidad como siempre lo hace, girando la cabeza al que no tiene nada. Pasó la Navidad como siempre lo hace, olvidándose de aquellos que necesitan ayuda, cumpliendo con hipocresía ejerciendo el libre acto del egocentrismo, repartiendo limosnas para sanar la mala conciencia, alargándole la mano al que se la cortarías después del siete de enero, infamias y necedades, luces y cantos, y la Navidad, que siempre he pensado que es como el agua que da vueltas en una bañera al ser tragada por el desagüe, dejó paso a un nuevo año en el que continuaría con los descubrimientos de nuevos discos.

Tuve que llegar hasta el mes en que el calor cierra la puerta al frío, marzo, las fallas, fiestas en el instituto. Fue en ese mes de marzo del 93 cuando marché enloquecido a conseguir el nuevo disco. Acababa de salir en las tiendas, recuerdo como toda la gente marchaba en el metro a escuchar el estallido de pólvora, pero yo no, yo me dirigía de nuevo a aquella tienda a capturar el “In on the Kill taker”. Llegué a casa con los ojos bien abiertos. ¿Cómo sonaría? Cada disco es distinto, ¿Qué habrán hecho esta vez? La primera escucha me dejó dos temas sumergidos en una rutina insólita que se negaban a abandonar calumniosamente los fondos de mi cerebro. Por más que les decía que me dejaran en paz, porque uno es humano y a las dos de la madrugada prefiere cerrar los ojos y valentonarse en las imaginaciones del sueño, desobedecían mis ordenes y ambos teman continuaban sonándose a ellas mismas en los confines de mi cerebro musical. Los temas eran “public Witness program”, un tema de los acelerados y con unas guitarras que si afinabas mucho el oído podían llegar a soltar unas mordeduras de las que hacen daño e incluso a rasgártelos. El otro tema era uno de esos momentos que se guardan nuestros músicos para romper con lo establecido, una alfombra de chinchetas, un sonido desgarrador que trastorna el ritmo del sentido para dar lugar a unos minutos de ruido con sentido. Vamos, una distorsión de un par de narices. El tema en concreto era “23 beats off” y solo puedo decir que es un tema parido por el vientre de un ruido colosal.

El siguiente disco que llegó a mis manos tardaría en aterrizar cerca de tres años. Paseando con zapatillas realmente silenciosas a través de la moqueta del tiempo, una agonía silenciosa que estrechaba márgenes con la desesperación se hacía un hueco entre mis huesos por la incapacidad aplastante de poder conseguir imágenes, videos o cualquier cosa que me enseñaran que aquel grupo estaba vivo, que existía de verdad, que no formaba parte de una pequeña esquizofrenia mía. Hay que recordar que en aquellos tiempos no teníamos Internet, los ordenadores estaban creciendo y eran como un niño con zapatos nuevos que sabe que crecerá hasta límites insospechados pero que no sabe cuando. En mi época de adolescente, los ordenadores eran una mierda.

El grupo no era muy conocido por mis tierras. Poca gente había escuchado algo de aquel grupo. Se negaban a participar en el marketing, quizás porque cantaban contra el marketing, por eso no grababan videoclips, ni tenían camisetas, se negaban a entrar en más negocios dentro de la música, ni aparecer en televisiones comerciales, vivían la música y sus temas con tanta seguridad en ellos mismos que resultaba que lo que cantaban lo practicaban. No recuerdo hasta la fecha grupo alguno que llegue hasta esos límites. Y sí, llegó el “Red Medecine”. Supongo que puede sonar un poco a chiste fácil y guión raquítico, pero os puedo asegurar que el “Red medicine” llegó a mis manos también a principios de un verano, pero eso sí, permítanme que no intente recordar el año porque ahí mi entrega os puede fallar.

“Red medecine” es un disco soberbio. No tiene desperdicio ningún tema y consiguió devorar cada minuto sobrante en mi vida. Llegó a atravesar cada gota de saliva perforada en mi garganta. No voy a nombrar ningún tema, creo que sería un insulto al disco en si, y no quiero que ningún tema se pueda enfadar conmigo. Seguramente sería como elegir entre un hijo, y os ruego por favor no me hagan que nombre en el futuro un tema preferido de “Red medecine”, ese tema en todo caso lo hablo con el disco en privado.

“Red medecine” consiguió aguantar mis ansias un par de años más. Yo había crecido un poco, me estaba formando como persona jugando con el tiempo y con mis decisiones. Había entrado a estudiar en la Universidad. Recuerdo las tardes del segundo año en la Universidad como quizás las más cercanas a la soledad por algunos momentos. Una serie de circunstancias que parece ser deliraron desde su nacimiento se comprometieron a hacerme un poco infeliz en aquella época. Aquel grupo seguía estando allí.

Una tarde de duro invierno, con las hojas de los árboles atemorizada y encogidas bajo el frío respaldo del viento, me encontraba yo estudiando aquel libro que contenía muchas imágenes preciosas pero también mucha letra que no me apetecía leer. Entonces me decidí a buscar uno de mis catálogos independientes y hacer una llamada. Quería conseguir ya como fuera el “7 songs” y el “Margin Walter”, los dos primeros vinilos de aquel grupo. Tardaron en llegar por correo 16 días. Corrí desde mi casa por la calle que cruza el pueblo, dejando atrás ventanas sorprendidas, calles solitarias, silencio enmudecido, y corrí hasta la única oficina de correos del pueblo y quizás la más pequeña del mundo entero. Pagué. Se escapó una sonrisa pues me di cuenta en un pequeño espejo que había a uno de mis lados. Salí corriendo y no paré hasta que saqué las llaves de casa, abrí la puerta, cogí unas tijeras y me encerré en mi habitación. Corté las cuerdas. Arranqué el cartón y desplegué el interior como dos alas de mariposas que se despliegan para ofrecer una hermosa imagen de libertad. Allí estaban, mirándome como quien mira a un padre, mirándome y ofreciéndose a la desvirgación, mirándome como un neonato que necesita el abrazo caluroso y entrañable de su misma sangre. Y los escuché.

Los temas eran espectaculares. Leí con anterioridad que se trataba de unos discos clásicos e irrepetibles, un rock, un punk, un ataque musical contra lo establecido, y en efecto, no se equivocaron. El sonido único que el grupo sacó en aquellos finales de los 80 era inquebrantable, novedoso, con dos voces entablando diálogos afilados en los temas, con unos temas que dan sentido a la humanidad, con unos ritmos hechos con el alma. Y así escuché y escuché los temas, pasó el tiempo y cada vez que me encabezonaba en romper los silencios absurdos allí ponía mis nuevas adquisiciones que rodaban enfrente de mis retinas y yo escuchaba como absorbido por el placer.

Cómo no, tuvo que transcurrir cerca de tres años más en salir un nuevo disco del grupo. Por fortuna siempre me enteraba de estas cosas y como ya os podéis imaginar salí corriendo sin mirar atrás a conseguir el “End hits”.

De el disco “End Hits” recuerdo que la primera vez que lo escuché me quedé un poco a la expectativa. Recuerdo perfectamente como una fotografía fija en mis ojos ese momento en que abrí el disco, me tumbé en el sofá observando la tímida luz que entraba por la ventana del fondo. Mis brazos cruzados sobre mi cabeza. El aislamiento con los auriculares, y por favor, que nadie me llame, que no suene el teléfono, que se ahogue el mundo dentro de su propia miseria y que me deje en paz, eso es lo que pensaba en aquel momento, ninguna interrupción, por favor. Aquel grupo no era fácil de entrar, cada disco era un banquete nuevo, distinto, especial, y aquel “End hits” había conseguido atravesar la frontera de la monotonía y acribillarla a balazos en medio de un charco.

“End hits”, a la segunda escucha comenzó a gustarme mucho, a la tercera escucha noté como me ponía en alerta, a la cuarta escucha comenzó a cautivarme, a la quinta escucha me enloqueció y a partir de la sexta escucha, amigos míos, el “End hits” consiguió adquirir la etiqueta por parte de mi alma de ser “quizás el mejor disco del grupo”. La instrumental “Arpeggiator” es un tema que se asemeja más a la perfección auditiva que a ninguna otra experiencia. “Legal , illegal” es el típico tema punk que no muere nunca. Y tema a tema, conforme le vas dando una oportunidad más, “End Hits” se va apoderando de cada órgano vital tuyo. Si un día dejas que entre hasta tus profundidades, aconsejaría que prestarais atención a la cautela pues a mi “End Hits” consiguió apoderarse no solo de cada órgano vital mío, sino que durante mucho tiempo formó parte de mis sentidos, mis aromas, mis recuerdos, mis tarareos, mis cafés, mis tiempos muertos, mis programaciones, mis sueños, mis despertares, mis siestas… “End Hits” llegó a formar parte de mi cuerpo en una hora determinada, y ahora, a estas horas de una tarde calurosa del verano del 2009, todavía tiene la indecencia de estar sonando en mi cabeza al estar hablando de su personalidad.

Tras “End Hits” llegó el dvd “Instrumental”. Con él se vio cumplido gran parte de mis sueños moribundos. Ver en escena a aquel grupo no tenía precio. Era una época de mi vida más madura. Por entonces mi novia era la que se convertiría en mi mujer, la madre de mi hija, esa hada celestial y especial que maravilla cualquier momento corrupto y transforma en una alfombra de alegría cualquier sutura de tristeza en los labios. Era una época muy especial, un entorno feliz, y todavía quedaba un disco en la discografía.

Era mi cumpleaños, lo recuerdo perfectamente, fue como el regalo de cumpleaños que siempre quise. Un nuevo disco llegó a mis manos. Fue una situación muy curiosa porque todavía aquel último disco hasta el momento no había salido a la venta, pero un amigo, uno de estos con los que me rodeo que suelen ser adictos a la música, bebedores de buenos momentos, fanáticos del sentido musical y sobre todo muy buena gente, pues aquel amigo, y esto es una nueva casualidad o coincidencia de estas extrañas, se cruzó conmigo en aquella hermosa fecha de mi cumpleaños. Me comentó que ya tenía el nuevo disco, lo había comprado en una tienda que lo tenían por adelantado, y no era uno, eran ¡Dos discos! Un single y el de larga duración. Me despedí de mi futura esposa con uno de esos besos que cubren de rosas el caminar de nuestros labios. Creo recordar que no cené, o posiblemente los alimentos quedaron atrapados en ese cosquilleo incontrolable que se forma en alguna parte de mi interior cuando espero con ansias un momento especial. Salí corriendo a la habitación. Cerré la ventana, pero antes le pedí permiso a la luna. Le pedí también disculpas, aquella noche no comentaríamos juntos poemas de amistad, aquella noche la intercambiaba por un nuevo disco de mi grupo preferido, y ella, la luna, con su sonrisa habitual y exenta de cualquier tipo de maldad, me comprendió como quien comprende a un amigo verdadero.

Entonces encendí la luz de la mesita. Aquella luz de rasgos amarillentos y tenue con la que tantos momentos musicales he pasado se apoderó de mi visión, pero creo que ni tan siquiera fui capaz de hacerle un hueco en mi baúl occipital. Fue todo muy automático. Enchufé el radiocd. Metí el disco. Apreté play y me sumergí en un mundo hermoso de temas musicales. Me dejé llevar por la calidez rítmica del bajo. Me adentré en las murallas de hierro desquebrajadas de las guitarras que volvían a desafiar todos y cada uno de los ruidos convencionales. Volví a escuchar temas contra la intolerancia, contra el consumismo, volví a escuchar el “hazlo tu mismo” “que nadie maneje tu vida” “mantén los ojos bien abiertos” “piensa por ti mismo” “trabajos basura no”, y me dejé llevar por todos y cada uno de los temas del “the argument”, el argumento del dinero, del poder, de la guerra, y contra todo eso cantaba y dialogaba el grupo que más me hizo abrir los ojos. Mientras, en el descanso plácido de mi éxtasis musical me dejé llevar en volandas, como recostado sobre una dulce nube de algodón, y al término del último tema, como en cada uno de sus discos, pensé que ya estaba todo hecho en aquel día. Eran cerca de las dos de la madrugada. Me debía alzar a las 7 de la mañana, pero aquella mañana marcharía a la asquerosa fábrica con una sobredosis de música que vencería cualquier nocivo sentimiento de malestar.

Después, después hay poco más, una vida privada e infinitos grupos que día a día dan un paseo por los jardines de mis oídos. Sigo aquí anclado ante mi cadena musical, esperando volver a tener en mis manos un nuevo disco del grupo que me deslumbró en mi adolescencia, pero parece que han callado para siempre. Un día, sin más, llegó una simple noticia que de momento no habrían más discos. Que paraban. Siete años después el tren no se ha puesto en marcha. Quizás espera simplemente el momento. Su momento. Quizás se dio comienzo a nuevos sueños. Mi sueño, sin embargo, sigue tratando con la espera para no caer en las garras de la amarga tristeza musical, y por lo tanto, sigo esperando que algún día, alguien, no se quien, me sorprenda con la noticia de que saldrá un nuevo disco.




Paco

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