"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

jueves, 15 de octubre de 2009

El caminante y la piedra

Iba andando por la calle como quien quiere entregar su alma a la tierra. Y a los gusanos. Hacía mucho tiempo que su optimismo no crujía como visagras centenarias, pero este último día sí era así. La desesperanza comenzaba a mostrarse despiadada y empezaba a enseñar sus uñas desaliñadas.

Por un día, el caminante había olvidado su sonrisa, esa que siempre llevaba pintada en su rostro en el camino de su vida, aunque a él cuando ocurría tal desgracia le gustaba pensar que hasta la sonrisa tiene derecho a descansar y a tomarse su par de cervezas en la soledad, siendo consciente que despues regresaría con mayor alegría. Este día en cambio se engañaba. Pero le gustaba.

Ya no le quedaban opciones. La pobreza había invadido sin orden ni permiso la vida de su familia y apenas le quedaba qué vender a ese hombre del que sólo conocía dos cosas: que tenía mucho dinero y que una a una se había hecho con todas las posesiones de su familia.

Abrió la puerta del negocio y una clara luz ambientada por un batallón de bombillas iluminó la muerte en sus ojos, la debilidad en sus esperanzas, el apagón de su silueta sonriente. Era la tristeza que había clavado su bandera en el centro de su desalentado iris con la misma firmeza con la que el ser humano dejó su huella en la luna.

Ante él no había más que el de siempre. La Piedra, le decía él. Nunca había hecho empeño en averiguar su verdadero nombre, pero lo cierto es que no le importaba.

Cerró la puerta y tomó asiento. El vestuario de aquella especie de oficina se lo sabía de memoria. La primera vez que acudió para vender todos sus anillos, pulseras y recuerdos familiares se sorprendió por la notoriedad de cada minúsculo detalle. No le había dado mucho dinero, pero sus dos hijas y su mujer tuvieron un mes las puertas abiertas a los platos llenos de comida.

La segunda vez que se puso delante de La Piedra, su pecho se agarró con extrema fuerza a la columna vertebral para no quedar desgarrado de por vida. Fue una convulsión tremenda, pero consiguió recoger fuerzas para venderle todos y cada uno de los detalles de su casa, dejando su hogar prácticamente vacío, como empezaba a quedar el refrigerador de sus ilusiones.

En otra ocasión regresó para venderle el coche que durante diez años le había llevado a trabajar, y a las ferias, y a dar paseos por otra ciudad.

Pero fue durante la última vez que se dio cuenta que su optimismo comenzaría a debilitarse pronto, y a pesar de que su corazón era fuerte y humilde como el que más, empezaba a sentirse sin fuerzas para luchar en el camino de su vida. Le vendió el coche de su mujer, con permiso, claro, ese en el que descubrió el amor, y las infinitas posturas sexuales, y los diálogos eternos, y los secretos más íntimos.

La Piedra, ese señor siempre trajeado con el mismo rostro inmutable y con la misma voz dañina desde que lo conoció, tan solo actuaba de dos formas. Primero, le ofrecía un bajo coste por las pertenencias del caminante, y luego, cuando le había entregado el dinero y se sentía dueño de su compra, dejaba escapar una sonrisa más propia de la felicidad de un gusano, y ahí era cuando el corazón del caminante se volvía loco y se aceleraba sin control alguno, cosa que llegó a preocuparle pues sólo faltaba dejar en esta vida a su familia sin su caminante.

Aquel día iba a suceder algo insólito.
El caminante notó algo extraño en La Piedra. Por muy sorprendente que le pareciera, lo que se desprendía de los ojos de La Piedra era una lágrima. Una sóla, y no habían más porque La Piedra no había llorado nunca por nada ni por nadie. Sus ojos no habían aprendido la costumbre de lagrimar.

- Señor.- Le dijo el caminante a La Piedra.- Usted sabe que ya no me quedan objetos que venderle... y no tengo nada para dar de comer a mi familia. Venía a pedirle un gran favor, si fuera usted tan amable.- Silencio aterrador. La Piedra no contestó, ni se inmutó y el caminante continuó.- Venía a pedirle cien euros con la certeza absoluta y noble de que se los devolveré.

La Piedra no fue capaz de articular palabra alguna. Permaneció en su acostumbrado silencio y tras un largo minuto de angustia vacia, el caminante se impulsó con la intención de abandonar aquel escondrijo de cucarachas y salir a la calle en busca de otra solución para aquella desesperanza que, ahora sí, comenzaba a rajarle desde el estómago hasta la garganta con su mejor y más afilado punzón.

- Espere.- Habló por fin La Piedra.- Necesito hablar con usted. Necesito hablar con alguien. Por favor.

El caminante sabía que no le iba a hablar del préstamo solicitado, una piedra nunca escucha a un corazón vivo, pero intuía que aquel hombre tan cercano a lo miserable necesitaba contarle algo de verdad, y su corazón no se podía negar.

- Mi mujer está enferma. Muy enferma.- Comenzó a hablar La Piedra.- La he llevado a los mejores médicos, le han hecho más de cien pruebas, en los mejores hospitales, en distintos paises, pero los médicos no han sido capaces de diagnosticarle enfermedad alguna. Simplemente, se muere. Ella dice que se la está comiendo la tristeza por dentro, pero no puede ser, eso es imposible.

- ¿Por qué me cuenta esto a mi?- Pero la pregunta del caminante sólo encontró un silencio amasado por la oscuridad de ambas sombras.

El caminante no dudó de la enfermedad de su mujer. Se quedó pensativo y rápidamente efectuó una evalución de una posible situación según había escuchado historias y acontecimientos de La Piedra, y llegó a una conclusión. Efectivamente su mujer se moría de tristeza, más bien porque su corazón seguramente estuviera ya a estas alturas trizado, casi convirtiéndose en polvo. Aunque La Piedra no fuese capaz de pensar que la felicidad necesita algo más que excesos de dinero, casas inmensas y coches de alto valor, así era. La felicidad y las ganas de vivir necesitaban de algo más profundo. Amor. Amor por la vida.

- Yo conozco la cura de su mujer. He visto otras veces esta situación y solo hay una posibilidad para su salvación.

La Piedra, con su rostro maquillado por la sorpresa, se mantenía atento ante el caminante, y por primera vez en los últimos meses vió llegar atropelladamente una pequeña luz de esperanza desde el horizonte.

- Su mujer necesita un corazón nuevo, uno que le haga sentirse viva, que le devuelva la felicidad, que lata hacia delante y no hacia atrás, que le transmita esperanza, optimismo, amor, sobre todo esto, mucho amor por tantas cosas. Estoy dispuesto a venderle mi corazón.

El caminante le explicó la personalidad noble, humilde y optimista de su corazón, y le ofreció entrar en una sala de operaciones para extraer su corazón y colocarleo en el interior desgastado de su mujer.

- Eso sí.- finalizó el caminante.- Aparte del dinero que me de por él, también correrá a cargo suyo el corazón de plástico que me impongan a mi y cualquier tipo de operación que se desprenda posteriormente.

La primavera llegó hasta el alma apedrada de La Piedra, y alargando contundetemente su mano hacia el caminante, hicieron un trato. El caminante le vendía lo último que le quedaba por vender, su corazón, a cambio de diez años de batallas ganadas contra la hambruna de su familia.



Pasaron tres meses hasta que ambos se volvieron a encontrar. Fue una tarde de un duro invierno que paseando entre silencios y suspiros de bienestar el caminante llegó hasta la fuente de un parque vigilado por el frío.

Allí se encontraba el desamparo de La Piedra, hablando consigo mismo y maldiciendo el soplido del viento.

El caminante no sabía si presentarse o salir corriendo a su hogar a disfrutar de la estabilidad que le había sido esquiva durante tanto tiempo. El corazón de plástico le había funcionado correctamente y además estaba consiguiendo enseñarle un nuevo mundo de emociones a aquel plástico que de primeras no comunicaba nada.

La Piedra se atragantaba en su propia tristeza, pero el caminante se acercó ante él. Se sentó a su lado y esperó que hablara aquel hombre desolado. Encontró una mirada muerta y el estupor se grabó en el rostro de La Piedra. Luego tragó saliba y le volvió a caer una sola gota de agua sucia de su ojo derecho, igual que aquel sorprendente día en las oficinas de su negocio. Posiblemente era la segunda lágrima en su vida pero le dolía como dos mil lágrimas juntas escapando durante un mismo segundo.

- ¿Se encuentra su mujer mejor? Rompió el silencio el caminante de esperanzas.
- ¿Mejor?.- Respondió La Piedra, y suspiró atragantado por la rabia.- Mi mujer se recuperó desde el mismo instante en que le colocaron su corazón.

El caminante sonrió, se alegró, y esperó que le contara acontecimientos impredecibles.

- Resulta que al día siguiente de la operación ya estaba recuperada. Olvidó la tristeza y multiplicó las sonrisas. Quedó engalonada en unas ganas de vivir inmensas, extrañas para mi. La alegría desbordaba su sonrisa y el hecho de tener un corazón nuevo reparó todas sus penas. ¡Era otra mujer nueva!

- El hecho fue que.- continuó La Piedra.- su nuevo corazón quedó recargado de un amor inagotable que ha acabado conmigo. Primero me pedía cosas que yo nunca le podré dar. ¡Jamás me las pidió! Ya no anhelaba joyas ni regalos, se aburría en la casa, dice que se perdía en los pasillos entre tanta soledad y se marchó de casa dice que a vivir otra vida. Estuvo quince dias fuera, sin llamar, y cuando regresó dijo que su corazón no podía vivir junto a un trasto tan vació como el que yo tengo. ¡Llamó a mi corazón trasto vacío! Y me pidió el divorcio. Se marchó en busca de amor, dijo, que por primera vez en su vida se sentía llena de vida.

El caminante escuchaba en silencio y sin sorpresa alguna en su interior, pues conocía perfectamente su corazón y él mismo se había encargado de domesticarlo durante tantos años a base de una emocionalidad llena de amor sensato.

- Me dijo.- continuó La Piedra.- que no consideraba justo que tuvieramos tanto dinero y que lo iba a repartir entre los más necesitados, así que pretende con su parte correspondiente del divorcio arreglar las manchas que su cerebro todavía guardaba en sus recuerdos. Se va a quedar con la mitad de mis posesiones.

- Pero sobre todo.- añadió La Piedra.- me sorprendió el hecho de que quisiera entregarle la mitad de su dinero a usted, como recompensa a tan hermoso corazón. Dígame usted ¿Tiene solución el caso de mi mujer?

El caminante se alzó agarrado de la sonrisa de quien se sabe satisfecho pero no sorprendido, y acabó diciéndole antes de abandonarle en la más absoluta de las soledades:

- Tenga usted por certeza absoluta que mi corazón, al que he atendido y adiestrado durante cuarenta y dos años y con el que he convivido llantos, euforias y todas las emociones que se pueda usted imaginar, no se detendrá hasta que consiga extraer de usted primero todo el dinero que me estafó, luego no cesará en su batalla personal de arrancarle hasta el más mínimo euro para que este mundo esté, aunque sea simplemente un poquito, más equilibrado, y por último, que no se como lo hará, pero conseguirá sacar el dinero suficiente para volver a operarse y regrear a su lugar de nacimiento. Resulta que todos los corazones guardan sus propios secretos, y mi corazón nunca me habló de su vertiente vengativa, pero conociéndolo bien conseguirá todo lo que se proponga. Y se lo digo con tal rotundidad porque nadie mejor que yo conoce el carisma de mi corazón. Es el precio que tiene usted que pagar por un corazón justo y empático. Es decir, un corazón que late hacia delante, no hacia atrás.

Paco

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