"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

viernes, 9 de octubre de 2009

Los amantes

Los amantes llegaban a cada encuentro con sus rostros empapados en amor salvaje, dispuestos a devorar cada nota dulce de la música que desprendía el cuerpo del otro. La tarea era sencilla, porque era salvaje en su esencia, un instinto indómito escapaba de las carnes de cada uno de los dos y sin hacer honor a la espera, se lanzaban el uno sobre el otro dispuestos a inmortalizar aquel instante entre los recuerdos más eróticos y estéticos que podían procrear, dispuestos a devorar algo más que sus corazones.

Las suaves manos de él comenzaban a amasar cada rincón del cuerpo de su amante estrella, rastreaba con ternura y con erotismo inducido desde los frágiles tobillos hasta la comisura enrojecida de los labios de su amante, para luego regalar al cuerpo femenino que se descomponía y se derretía entre tanta excitación un leve y caliente soplido de viento en calma que se descolgaba sutilmente desde su boca hasta las paredes del cuello de ella, y ahí es cuando ella, esa amante dispuesta a dejarlo todo por él, le entregaría a ciegas todo el tiempo que podía dedicarle a dar de comer su corazón, y seguiría enloqueciendo de amor y sexo hasta que su mente encontrara un límite que ella no estaba dispuesta a averiguar si realmente existía.

Los amantes pasaban el día esperando la noche. La distancia física no impedía la conexión mental existente entre ambos. Pasaban las horas recreándose en esas imágenes de camas ámplias, de sábanas que envuelven secretos eróticos, de besos que arañaban el sexo desgarrándolo de su pausa y adentrándolo en el puro descontrol.

Quien dijo que los amantes no amaban se mentía a si mismo, porque estos amantes desmontaban cualquier infamia sobre las teorías de dos personas que se aman.

Aquella noche decidieron que iba a ser especial, eso sí, llevándo como cada noche los pálpitos de su corazón hasta el límite, más que nada para demostrar que sus jóvenes corazones de amor tenían todavía reserva para muchos años.

Primero entró ella. Penetró su llave con cautela y abrió la puerta esperando que los vecinos no pegaran sus orejas a esas viejas puertas que todo lo saben.

Luego entró él. Tan silencioso como ella. Jugaban a no saber quien llegaba antes. Jugaban a mantener vivo el amor. Jugaban a darle forma a las sensaciones eróticas. Jugaban a hacer el trayecto largo y excitante hasta la última parada que era la del orgasmo en su plenitud.

Comenzó a caminar sabiendo que ella ya estaba esperándole en la cama, y lo sabía porque una erótica y delatadora prenda interior había sido colgada del pomo de una puerta, como indicando el camino a seguir, el camino hacia el amor.

El pasillo se hizo largo, caluroso, impaciente, hasta que con los pies preparados para saltar la barricada de la contención llegó hasta el dormitorio de luz tenue y focalizada en ese rojo pasión que acompañaba cada noche los jadeos insaciables de ambos, y en efecto, allí estaba ella, alargando sus brazos de esa forma tan sensual que ella tan bien sabía prolongar, y claro, él no pudo hacer otra cosa que saltar.

Ella sonrió. Lo esperaba como todas las noches, con un repertorio de amor tan intenso que sólo el sexo se podía considerar el final perfecto para hacer explotar por los aires el sinfin de emociones hermosas que acumulaba y le ardían por dentro. Los caminos del amor son muy intensos y muy bellos, se decía a si misma, pero has de culminar esta unión de meteoritos con una intensa dedicación de tu cuerpo, le decía a él.

Y así, los amantes juntaban sus almas dependientes y después de una larga jornada de deseos en pausa, se centraban en proliferar todo ese amor que la naturaleza les dio, y todo ese mejunje de posiciones sexuales que habían aprendido de forma autodidacta el uno del otro, capaces de desleir sus cuerpos en rios de agua dulce.

Esa noche, cuando el último orgasmo comenzaba a diluirse entre las mirada perdidas hacia la lámpara del techo, los dos amantes hicieron gala de nuevo de su exultante conexión y se atraparon delicadamente las manos al unísono, giraron las cabezas el uno hacia la otra, y ella hacia su león en forma, y tras un suspiro de placer que derretía la pintura de las paredes, dijo ella con una sonrisita de esas que le volvían loco a él:

- Treinta años de matrimonio dan para mucho amor si uno lo desea, y para mucho maaasss...- Terminó diciendo con una sonrisa picaresca.

Y él sonrió con esa otra sonrisa que había atrapado a su mujer treinta y cinco años atrás en el tiempo, y le contestó con la nobleza con la que siempre había hablado su corazón:

- Sí, amor, pero este cuerpo de sesenta y dos años aunque lo pretenda no siempre podrá estar tan bravo...Pero lo intentaremos.

Paco

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