"- Tu profecía, poeta. ; - Mañana hablarán los mudos: el corazón y la piedra".

ANTONIO MACHADO

martes, 22 de junio de 2010

El milagro

Hay mañanas en las que el milagro está a punto de llamar a tu casa. Pero hay mañanas en las que el milagro parece que se atascó en las puertas del ascensor, y no llegó a subir. Eso es lo que me ocurrió hará un tiempo sin fecha fija. Estaba yo jugando a organizar mi estómago, devorando uno de esos desayunos que tan feliz me hacen, cuando comencé a pensar cómo es tradicional en mi en la posible existencia de Dios. Bueno, más bien en su más que posible ausencia.

Me despegué de los labios el último charco de café con leche y me estiré creo que por decimotercera vez, como también es habitual en mi. Dejé que la niña se entretuviera sola con su imaginación y caminé hacia la puerta. Habían llamado al timbre precisamente cuando yo pensaba en la muerte de Dios, aunque todo el mundo suele hacerlo en la muerte de Jesús, quien, al fin y al cabo, nunca pensó que podía ser realmente el hijo de ningún Dios.

El hecho, e intentaré ir al grano, es que cuando abrí la puerta para ver quien había llamado donde nadie llama, me encontré allí a dos señores bien vestidos que parecían llevar una corona angelical y brillante por encima de sus cortitos cabellos. Los miré a los ojos y casi me los rajo. Algo me heló. Fue una punzada exacta en el corazón. Un dolor agudo que pronto se transformaría en rabia. Yo, sin embargo, me callé.

Inmediatamente me percaté que se trataba de dos vendedores ambulantes. Con una jerga un tanto pedante y un aliento a serpiente, comenzaron a detallarme sus intenciones. Venían a enseñarme el camino de Jesús. Venían a convencerme, a mi, que desde adolescente ya pensaba distintas estrategias de cómo incendiar todas y cada una de las iglesias, para que creyese en algo en lo que según imperativo de mi propia sangre, no puedo creer.

Cuando me alargaron su revista, portada en la cual se podía leer muy detalladamente el nombre de la secta en particular, noté que ese era mi momento. Entonces rescaté de mi imaginación aquella parte en la que daba lugar a explicar a los esclavos de Jesús cómo conseguí yo ser libre de cualquier religión. Pensé que ese iba a ser un gran momento. Me sentía filosófico. Me sentía con conocimientos. Me sentía con una rabia apuntalada que desde adolescente comencé a perfeccionar. Y aquel era el momento. Era como un milagro. Aquella era la ocasión perfecta pera demoler todas las columnas de la calumnia más grave de la historia de la humanidad.

Con una sonrisa maquiavélica me dirigí a ellos. Con simpleza. Con elegancia. Con ilusión. Solté mi voz a la altura de la tercera bisagra y les dije:

- Miren ustedes. Si les parece bien me quedo con la revista. La leo y la semana que viene hablamos de estos temas

Yo sabía cómo funcionaba la táctica de ese tipo de vendedores. Solían dejar la revista en una casa. Ilusionaban a sus inquilinos con una futura charla, también a domicilio, y luego pretendían llevarse su sangre a largo plazo. Sin manchar el suelo. Sin manchar la ropa.

Así que yo me adelanté y les ofrecí mi ilusión. Les ofrecí mis conocimientos. Les ofrecí mi tiempo, que ya es mucho en los tiempos que corren. Acabé diciéndoles:

- La verdad es que me gusta mucho hablar de estos temas. Tengo ganas de mirar la revista y hablamos dentro de una semana. ¿Les parece bien?

Ambos seductores de la mentira me sonrieron y me prestaron su revista. Bueno, creo que me la regalaron, o quizás más bien no supieron cómo quitármela de las manos. Se dieron media vuelta y se marcharon con el mismo silencio con el que habían arrastrado sus sombras hasta la puerta de mi casa. Yo sonreí, esperanzado, iba a comenzar a preparar mi charla. Más de quince años esperando debatir y exponer mis ideas sobre las religiones a precisamente, una de sus sectas más eficaces. Sin duda alguna la revista no me la iba a leer.

Así que esperé impaciente el caminar de los días posteriores. Esperé sin preparar mucho mi charla a que el milagro volviera a llamar a mi puerta. Bueno, para ser sincero he de confesar que decidí no preparármela. Soñé con dejar escapar al libre albedrío el torrente de ideas que llevo aquí guardadas desde bien jovencito. No se lo que fue. Si fue mi cabello extenso. Si fue mi barba bien crecidita. Si fue mi ropa un tanto desajustada a los valores convencionales. Si fue el fluir de mis palabras lo que más les impresionó .El caso es que los vendedores ambulantes, no volvieron a llamar nunca más al número 23 del patio donde vivo.


Paco

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